Chi dovevo chiamare?
Oggi ero sulla Caserta – Salerno, A30, in carreggiata sud. Al km 46,7, più o meno, trovo un pneumatico scoppiato, di grosse dimensioni, probabilmentre di un tir, con il ferro ben in evidenza, lo evito, come tutti gli altri automobilisti. Nel guardarlo, memorizzo il km. Mi fermo e chiamo il 112, pensando che ormai in campania, o comunque in provincia di salerno, se chiamo il 112 (numero europeo per le emergenze), mi risponde una sorta di centrale operativa per intervenire su tutto (il 911 dei film e telefilm americani)… 10 squilli, nessuna risposta. Non conosco il numero della polizia stradale, allora chiamo il 113… 10 squilli, nessuno risponde. A quel punto ho pensato di avere il cellulare impazzito… ho chiamato il CISS, 1518; con mia grande sorpresa, senza farmi scegliere tra viabilità nazionale o locale, come in passato, subito mi ha risposto una signorina: “buongiorno, come posso esserle utile?”. “Buongiorno, senta, mi trovo sulla carreggiata sud della Caserta – Salerno, A30, al km 46,7 c’è un pneumatico esploso, probabilmente di un tir, con in evidenza il ferro, si trova proprio nella corsia centrale”. Attenda in linea… mi rimetto in marcia, auricolare all’orecchio e aspetto. Dopo 5 minuti la telefonata (o, meglio, la mia attesa) viene interrotta. Nulla più. Chi dovevo chiamare?
El enigma Berlusconi
Riporto l’ennesimo articolo di “El Pais” su Berlusconi.
E’ in spagnolo, ma a grandi linee si capisce. Già solo il titolo vale!
A mio parere dovremmo importare questo quotidiano e tradurlo ogni giorno.
¿Por qué Italia, madre del Renacimiento, gran dama de la cultura y cuna de la civilización occidental, ha elegido y reelegido para la jefatura de Gobierno a alguien como Silvio Berlusconi, a quien no se haría de menos diciendo que contrasta poderosamente con sus cultivados antecesores? La coyuntura de los años noventa, con la autovoladura de la URSS y la implosión de la Democracia Cristiana, que barajaron de nuevo las cartas de la política en Europa, tuvieron mucho que ver con el surgimiento del creador de Forza Italia; los desmanes, desfachateces y chanchullerías de la llamada I República Italiana indujeron, por añadidura, una fatiga extrema en el ciudadano, una descreencia radical en la cosa pública, que le predisponía a probar algo diferente, sin excluir los más audaces experimentos. Aunque la comparación no ha de pasar de ahí, no tan alejado es el caso de Hugo Chávez en Venezuela.
El líder del centro-derecha italiano ha sido dos veces derrotado en las urnas en unas elecciones nacionales, lo que prueba que el terremoto Berlusconi se tomó su tiempo en cobrar fuerza, y que nada estaba escrito; pero las dos veces resurgió de lo que aún no eran sus cenizas, y al comenzar el siglo parecía ya una marea incontenible. Esto es, hasta las presentes elecciones municipales. Cierto que las ha ganado de nuevo, pero el declive es más que aritmético. En primera vuelta bajó sólo dos puntos -de 37 a 35- con respecto a los últimos comicios locales, pero las encuestas pronosticaban una oleada del 45%, y el votante afecto se ha quedado en casa en el referéndum sobre la ley electoral.
Italia es un país antiguo, mediterráneo, católico, familiócrata y cínico; o en versión más generosa, escéptico. Régis Debray afirmó en una ocasión que lo que diferenciaba a italianos de españoles era que a los transalpinos les faltaba columna vertebral, lo que también puede entenderse como exceso de oportunismo. Pero, para carecer de ella, las cosas le habían ido formidablemente bien a la Italia de la posguerra hasta los años noventa, mientras que con columna o sin ella, a la política española le faltaba y le sigue faltando finezza, como dijo el divino Andreotti. Y ese país, hecho a todos los avatares, llegó al hartazgo de aquella I República con líderes tan doctos como que uno era especialista en santa Teresa; con su crónica incapacidad para que duraran los Gobiernos; con la trattativa como forma suprema de la política. El descubrimiento de la tangentopoli, aquel complejo sistema de peaje para la redistribución de la riqueza entre los partidos, que el país sufragaba para que nadie se quedara sin su parte del pastel, fue el golpe de gracia.
Silvio Berlusconi ha eludido, acusando imperturbablemente a sus adversarios de complot, la acción de la justicia, bien por prescripción de los delitos o por la aprobación de leyes con las que se exculpaba con carácter retroactivo y futurible. Aunque la fullería era obvia, tras haber soportado hasta la extenuación la I República, el ciudadano se decía: granuja por granuja, probemos otro; alguien que había demostrado su capacidad como hombre de empresa, fabricante de riqueza. Y por eso le ha perdonado a Il Cavaliere trapisondas, restricciones mentales y tratamiento creativo de la verdad. Pero no hay peor consejero que el éxito, y el showman al que se le consentían impertinencias más o menos graciosas, salidas de tono nacionales e internacionales, al que The Economist anatematizó hace unos años sin que eso pareciera dañarle ante el votante, puede haber transgredido, sin embargo, un principio que los países antiguos, mediterráneos, católicos y familiócratas, por muy cínico-oportunistas que sean, difícilmente pasan por alto. La juventud no se toca, y esa procesión de jovencitas -velinas-, estipendiadas o no, que desfilaban por sus veraniegas propiedades, cómplices platónicas o saturnales de los afectos de un caballero físicamente reconstruido de 72 años, son un espectáculo que tiene que haber molestado a muchos. A su lado, el hecho de que con dineros públicos se fletaran aviones para el traslado de las misses es menos que secundario.
La democracia y, pese al copo televisivo del poder, la libertad de expresión nunca han estado en peligro, como matizaba en un almuerzo romano Ezio Mauro, director de La Repubblica, el gran diario fundado por Eugenio Scalfari, y nada complaciente con el Il Cavaliere. Pero el berlusconato, que ya rateaba con la crisis económica universal, presenta síntomas de agotamiento. El enigma podría haber sido tan sólo un acertijo pasajero.
Oggi voglio far lo scrutatore…
Oggi ho deciso di presentarmi presso una scuola materna della mia città, per offrirmi quale sostituto di eventulai scrutatori assenti, per il voto referendario di domani e lunedì. E’ un’esperienza che non ho mai fatto, e mi andava di capire quali sono le dinamiche di un seggio. Su 4 seggi presenti in questa scuola, mancavano ben 6 scrutatori (1 seggio era completo, 2 assenti in ognuno degli altri 3). Alcuni di questi 6 scrutatori, però, non erano del tutto “assenti”: avevano inviato parenti, o conoscenti, con la propria lettera di convocazione, a sostituirli… Quando ho visto l’andazzo e che ciò per i presidenti di seggio era quasi prassi, mi sono ribellato. Ho preteso che fosse rispettato fino in fondo il regolamento elettorale, in tutti e tre i seggi, e quindi, tra le persone presentatesi come sostituti degli eventuali assenti, sono stati scelti “il più anziano e il più giovane, alternativamente”, proprio come dice il regolamento elettorale. Alla fine non farò lo scrutatore, avendo 31 anni, mi è capitato di essere sempre in mezzo a persone più gradi (60-70 anni) e più piccole (18-20 anni). Però mi sento comunque soddisfatto: se non avessi alzato la voce, i presidenti avrebbero deciso autonomamente la nomina degli scrutatori, fregandosene dei regolamenti. Mi chiedo: io sono stato in una sola scuola (l’ubiquità non fa ancora parte dei miei superpoteri), come è andata a finire negli altri seggi? Io, prima di affrontare questa “sfida”, ho letto il regolamento elettorale, ed ho potuto alzare la voce per vedere tutelati i diritti di tutti; cosa è successo dove nessuno ha richiesto la lettura del regolamento e forse, dovrei dire, dove nessuno sa della esistenza di un tale regolamento?